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lunes, 14 de mayo de 2018

FALLO DEL I CONCURSO LITERARIO FESTIVAL DE GUITARRA DE ZARAGOZA 2018


El jurado del I Concurso Literario Festival de Guitarra de Zaragoza 2018 comunica que el relato ganador ha sido El chico del parque, de la autora Elena Almeida Vela.


El jurado valora positivamente la respuesta recibida a la convocatoria, tanto por el número de relatos recibidos (48 trabajos desde diferentes puntos de España, Chile y Argentina), como por su calidad.
De igual manera, felicita a los autores por el esfuerzo que han hecho para aunar la ficción y el mundo de la guitarra. En este sentido, los autores han mostrado predilección por figuras fundamentales de la historia de la guitarra española, como pueden ser Francisco Tárrega, Paco de Lucía, Antonio de Torres o Joaquín Rodrigo, personalidades que aparecen en varios relatos, bien en persona, bien a través de sus obras. También la guitarra eléctrica y algunos de sus intérpretes más famosos (Clapton, Cobain, Page…) han sido protagonistas de varios relatos.
          Con respecto a los temas predominantes, podemos destacar la abundancia de homenajes al instrumento que nos ocupa, la presencia de lo fantástico y lo misterioso y, sobre todo, la  conexión sentimental del instrumento con los recuerdos.
Precisamente, el relato ganador de esta edición, se adentra en la exploración de los recuerdos personales y su relación con la guitarra, instrumento que es capaz de resonar en nuestro interior a pesar del paso de los años, transportándonos a otros momentos y lugares. La autora consigue este peculiar efecto creando una historia bella y emotiva, con la que muchas personas, aficionadas o no, podrán conectar con facilidad.
          El jurado felicita a la ganadora y a todos los participantes. Les agradece su esfuerzo y les emplaza a seguir leyendo y escribiendo, a seguir escuchando música, en definitiva, a seguir teniendo la ilusión de la palabra.



A continuación añadimos el relato:

EL CHICO DEL PARQUE

La primera vez que lo encontré fue de casualidad; era una calurosa tarde de viernes del mes de junio, tenía clase de inglés y llegaba tarde, pensé en atajar por una calle y como no conocía demasiado bien esa zona del centro de Madrid, acabé en un pequeño parque que no había visto nunca y que no parecía estar precisamente cerca de mi academia.

Estaba tan enfadada por haberme perdido que tardé en oír los acordes. Antes de girarme, reconocí las notas melancólicas del blues. Los recuerdos de aquel verano que pasé con mi abuelo al morir mamá, irrumpieron con fuerza. Aunque habían pasado casi veinte años, la imagen seguía intacta. Cada noche, mientras me creía dormida, él salía al patio de la casa que tenía en el campo, cogía su guitarra española, de la que siempre me contaba orgulloso que tenía siete cuerdas en vez de seis, y sentado en su mecedora, tocaba melodías de blues intentando calmar la pena que le producía la pérdida de su hija. Y esas mismas notas tan tristes pero tan emocionantes, eran las que cada noche, me levantaban de la cama, hechizada por su forma de tocar y me llevaban hasta la ventana de mi habitación para escucharlo una y otra vez hasta que me vencía el sueño.

Sobrecogida por la intensidad de esos recuerdos, me giré hacía el sonido que me había vuelto a hipnotizar. En el suelo, encima de lo que parecían unas mantas, había un chico sentado y volcado prácticamente sobre su guitarra. Estaba muy delgado y por la longitud de sus piernas, debía de ser muy alto. Aunque su pelo largo cubría parte de su rostro, pude apreciar que no tendría más de veinticinco años; y eso fue lo que más me sorprendió al girarme, su edad; esperaba encontrarme con alguien mucho mayor, alguien con una larga historia a sus espaldas, alguien que tuviera un motivo para tocar melodías tan llenas de nostalgia.

Estaba tan concentrado que mis pisadas lo asustaron y dejó de tocar de inmediato. Le pedí que continuara y me senté a escucharlo en un banco cercano. Sus dedos eran largos y rozaban con tanta sensibilidad las cuerdas de la guitarra, que parecía estar acariciando el cuerpo de una mujer; verlo y oírlo tocar así conseguían transportarme a mi niñez con solo cerrar los ojos. En ese momento me daban igual las clases, solo quería estar en ese lugar escuchando esa melodía de una guitarra casi idéntica a la de mi abuelo en manos de un extraño.

Durante todo ese verano, cambié las clases de inglés de los viernes por sentarme en ese banco a escucharlo. Nunca hablamos, ni siquiera llegué a ver sus ojos, sin embargo, entre su pelo se adivinaba cómo se iluminaba su mirada cuando me sentía llegar. Nunca tocaba otra cosa que no fuera blues ni tampoco yo se lo pedí. Era como si los dos supiéramos que si cambiaba algo, se rompería la magia del momento y, con ella, la de mis recuerdos.

Un viernes de primeros de septiembre acudí como siempre a nuestra cita pero cuando llegué a ese parque que había sido testigo de nuestros encuentros mudos, él no estaba. Me embargó una tristeza difícil de explicar. Durante diferentes días de la semana siguiente volví al mismo lugar por si aparecía, pero nunca lo hizo. Incluso llegué a preguntar a varias personas que vivían por la zona, pero nadie conocía siquiera su existencia.

Semanas después, cuando ya había perdido toda la esperanza de volver a saber de él, un mensajero me trajo un paquete, era muy grande y al tacto supe lo que me iba a encontrar. Rasgué ansiosa el papel e hizo su aparición la guitarra que tanto había significado para mí ese verano. La toqué y comprobé maravillada que tenía siete cuerdas. Y allí, en la cocina de mi casa, movida por un presentimiento y con los ojos empañados por las lágrimas que caían sin control sobre la guitarra, la giré y en la parte inferior de su lateral derecho, encontré grabado en letra muy pequeña el nombre de Elsa. Elsa era el nombre que mi abuelo había elegido para su guitarra, Elsa era el nombre de su hija, y Elsa también era mi nombre.

Con la emoción, no había visto que el paquete también contenía una foto en blanco y negro. Enseguida reconocí el patio de la casa de mi abuelo, en él posábamos sonrientes nosotros dos y un niño larguirucho y tímido que vivía en la casa de al lado y solía venir a escucharlo tocar. Le di la vuelta a la foto, aparecía firmada por el chico del parque.




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